domingo, 16 de agosto de 2009

Memorias de un niño en el Madrid de mediados del siglo XX - III


Volviendo a mi infancia, aprendí a leer antes que a escribir, a los tres años, ya que el hermano pequeño de mi padre, mi tío Alfonso (con el que aparezco en el porche junto a mi prima María Eugenia), al que le gustaban mucho los “tebeos” de la época (“TBO”, “Pulgarcito”, “Jaimito”,...), los llevaba a casa, y mi natural curiosidad por enterarme de lo que expresaban aquellos “monos”, me llevó a aprender a descifrarlos. A los cuatro años comencé mis andanzas escolares en el colegio de párvulos Ramón y Cajal, en la calle del mismo nombre, chalet cuya entrada daba frente a la Iglesia de la Asunción (donde fuí bautizado) y cuyo lateral estaba enfrente de otro chalet donde vivía un matrimonio de grandes profesionales de la radio, Jesús Alvarez (que después pasó a TVE y cuyo hijo del mismo nombre ha seguido sus pasos) y Beatriz Cervantes. En aquel colegio tuve mi primer y precoz amor platónico en la persona de mi maestra de párvulos, cuya imagen (aunque desgraciadamente no su nombre) aún recuerdo.

Dentro de los momentos más emocionantes de la vida de un niño en aquellos años, hay que hacer mención aparte de la temporada de las verbenas. Las fechas se sucedían, en una verdadera “procesión de santos”, desde San Isidro hasta la La Paloma, pasando por San Antonio y la Virgen del Carmen, llevándonos a aquellas sensaciones de luz, colorido y alegría, que durante el resto del año eran imposibles de suscitar. Hay que comprender que los Parques de Atracciones no estaban ni siquiera en su fase de pensamiento, y que las verbenas, con sus maquinarias, tómbolas, barracas de tiro al blanco, pùestos de comida y golosinas, etc., eran una tentación para cualquiera que pasase por allí.

En nuestro barrio, se solían plantar al otro lado de la avenida de Alfonso XIII, enfrente de la ya susodicha Iglesia de la Asunción, y donde hoy está la salida desde Alfonso XIII hasta la M-30, aunque, al ser un barrio pequeño, no solían tener muchas casetas y atracciones. Pero andando un poquito, podiamos acercarnos hasta los solares de los Nuevos Ministerios (aún a medio construir desde los tiempos de la República), donde las atracciones y demás casetas eran mucho más numerosas.

El “tiovivo”, los “coches de choque”, el “látigo”, la “noria”, eran una fuente inagotable de diversión para niños y mayores que, a veces, pasaban el día entero en el perímetro de la verbena, volviendo ya anochecido a sus casas, cansados, medio dormidos, pero con una sana felicidad que no les cabía en el cuerpo.

Otro tipo de diversión la constituía el cine (por supuesto en sesión doble continua), aunque en mi barrio había que darse una caminata hasta la calle López de Hoyos donde se encontraban, primero y solitario el cine “Moderno” (que después pasó a llamarse “López de Hoyos”), y más tarde se construyó el cine “Covadonga”, aunque también solían darse en verano sesiones al aire libre, que eran una delicia para sacudirse el calor estival viendo una sesión cinematográfica.

También eran muy comunes, tanto en mi barrio como en otros muchos de Madrid, los campos de fútbol de tierra, donde jugaban los equipos de barrio encudrados en las diferentes ligas regionales, y donde, mientras veías el partido, podías “echar a las cartas” que te ofrecía el charlatán de turno, y en las que, si ganabas, obtenías el premio de una bolsa de caramelos o de almendras garrapiñadas.

Pero desde el punto de vista infantil, había un espectáculo público que primaba sobre los demás: el Circo. Entonces, estaba en pleno funcionamiento el circo estable madrileño por antonomasia, el Circo Price (antiguo Circo Parish), situado en la Plaza del Rey, entre la calle Infantas y la calle Barquillo, con la hermosa vecindad de la herreriana Casa de las Siete Chimeneas, que, afortunadamente, aún existe, mientras que el edificio del Price fue derribado para construir una horripilante modernidad. El arrendamiento del Price lo tenía en aquellos años el empresario Juán Carcellé, que también era telegrafista. Al comenzar la temporada, repartía invitaciones entre algunos de sus compañeros y amigos, entre ellos mi padre, por lo que en mi infancia pude beneficiarme con mucha frecuencia de las risas de los payasos, de la habilidad de los malabaristas y acróbatas, de la valentía y destreza de los domadores, o de los vuelos de los trapecistas. Entre estos últimos nunca olvidaré la figura de quien considero la más grande trapecista de todos los tiempos, la canaria Pinito del Oro, cuyos ejercicios en el trapecio, sin red, producía escalofríos entre el público asistente a las veladas.

La radio era otro de los vicios en aquellos años; los seriales (quién de los que haya vivido entonces no se acuerda, por ejemplo, de “Ama Rosa”), pero sobre todo en el campo infantil, “La Tomasica y el Mago”, “Boliche”, “Diego Valor”, “Dos hombres buenos”, hacían que las largas tardes invernales transcurrieran con el oido atento al receptor, emocionándonos con las aventuras que nos narraban aquella pléyade de grandes actores radiofónicos, Pedro Pablo Ayuso, Matilde Conesa, Matilde Vilariño, entre otros muchos, haciéndonos volar con la imaginación a los diferentes lugares en que se ejecutaba la acción. Y, ¡que decir de los partidos de fútbol radiados o de las corridas de toros!. La inconfundible voz de Matias Prats (padre) resonará por siempre en nuestra memoria.

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